Hay universidades que hablan de ciencia e innovación y hay universidades que la viven. La diferencia no solo está en los recursos ni en la infraestructura, también está en las decisiones que se toman todos los días sobre cómo se aprende, para qué se investiga y con quién se construye conocimiento.

Por José Alejandra Betancur* e Isabel Gutiérrez**

*Director de Imaginar Futuros EAFIT, **Directora Estrategia EAFIT

Por décadas, el éxito de una ciudad en desarrollo se medía por su capacidad para adoptar tecnologías foráneas. El objetivo era cerrar la brecha digital importando soluciones diseñadas en Silicon Valley o Shenzhen. Sin embargo, ya no se trata solo de cerrar brechas importando lo que otros inventaron. Ha nacido la ciudad como laboratorio vivo (Living Lab): un ecosistema donde el entorno urbano es el epicentro de la invención.

Como lo expuso Juan Esteban Hincapié, cofundador de Erco Energía, en el lanzamiento de Energy Valley en Medellín: “No solo vamos a adoptar tecnología. Vamos a empezar a diseñarla y a fabricarla”. Lo que convierte a Medellín en espacio de creación y redefine su lugar en la economía.

Un laboratorio vivo se reconoce cuando los experimentos se basan en retos reales, el sector energético, dentro de esta dinámica, es un ejemplo pertinente.

Mientras el mundo habla de transiciones lentas, en entornos como Colombia, la matriz eléctrica ya alcanza un 13 % de fuentes no convencionales en 2025, que partió de un modesto 2 % apenas dos años atrás. Pero lo que diferencia este momento no es solo la velocidad: Erco Energía dejó de importar manuales de mantenimiento europeos para diseñar los propios. Un ejemplo de esto es el uso de camuros (un cruce de oveja y cabra del bosque seco tropical) para el control de vegetación en infraestructuras solares; así prioriza la inteligencia del ecosistema local sobre los estándares industriales extranjeros.

De igual manera, esta soberanía tecnológica se observa en la creación de nodos de autosuficiencia en barrios residenciales como Laureles. Allí, la tecnología de Unergy ha demostrado que es posible alimentar edificios vecinos con excedentes solares sin necesidad de tender un solo cable nuevo.
Este avance desafía la dependencia histórica de la red central, lo que permite que la ciudad funcione como un tejido interconectado de energía autogestionada donde la solución nace de la misma comunidad que la utiliza.

Infraestructuras de agilidad 
Para que una ciudad funcione realmente como un laboratorio vivo, todos sus sectores deben operar con agilidad. Es imposible innovar oportunamente si la burocracia que la sostiene es lenta.

Ese espíritu de agilidad llegó al sistema financiero. Con la creación de Bre-B por parte del Banco de la República, las transferencias entre entidades ahora tardan menos de 20 segundos. Este avance niveló el campo de juego: lo que antes solo podía hacer un banco con su infraestructura, ahora es posible desde una startup. Al contar con esta plataforma pública de interoperabilidad, el 66 % de las fintechs colombianas ya utiliza inteligencia artificial como herramienta operativa y no como un simple plan a futuro. En este escenario, la estructura pública opera ahora como plataforma, no como filtro.

Por otro lado, en el sector salud, un proyecto como Arkangel AI ya diagnostica patologías críticas en 18 países y beneficia a millones de personas, incluso antes de que las normativas nacionales estuvieran
plenamente desarrolladas. A su vez, Samay hizo historia al ser la primera empresa latina en MedTech Innovator. Con la reciente Resolución 1888 de 2025 sobre interoperabilidad de datos, el marco legal finalmente hace un esfuerzo por alcanzar la velocidad y el ritmo de sus propios innovadores.

Medellín, Distrito Especial de Ciencia e Innovación
Detrás del ecosistema de Medellín hay decisiones concretas. Ruta N, las leyes de sandbox regulatorios, los fondos de impacto: nada de eso ocurrió por inercia.

La ciudad ha entendido que un ecosistema no es una sumatoria de startups, sino un tejido donde el capital y la tecnología resuelven problemas sociales. Este modelo descansa en dos decisiones concretas.

El primer pilar son las redes de colaboración, como Energy Valley y el Centro de Emprendimiento On.going de EAFIT. Estas redes no solo incuban iniciativas: las conectan con problemas.

El segundo pilar es el respaldo jurídico, consolidado mediante la Ley 2286 de 2023, que elevó a Medellín a la categoría de Distrito Especial de Ciencia, Tecnología e Innovación. Este marco legal permite la existencia de las zonas de regulación transitoria (sandboxes): espacios de “vacío regulatorio controlado” donde empresas y universidades pueden operar y testear ideas antes de que exista una norma escrita. Es, en esencia, el permiso legal para que la innovación dicte.

Nace

El Centro Avanzado de Energía es producto de una alianza entre las universidades EAFIT y EIA, la Alcaldía
de Medellín y empresas del sector como Erco Energía, Celsia, EPM, ISA y Azimut.

La iniciativa surge en un departamento que genera el 46 % de la energía del país, principalmente de origen hidroeléctrico y en un contexto marcado por los desafíos derivados del aumento del consumo y de la necesidad de avanzar en una transición energética que garantice el abastecimiento sin comprometer los recursos naturales.

Su propósito es articular el conocimiento y la investigación científica con la industria y los emprendimientos, con el fin de trabajar en investigación y desarrollo de tecnologías, orientadas a resolver los desafíos energéticos presentes y futuros, mientras se forma el talento que el sector va a requerir y habilita sandbox regulatorios para impulsar la normatividad basada en la experimentación.

Energy Valley espera impulsar investigación aplicada, programas de formación y emprendimientos deepTech que contribuyan a reducir la dependencia tecnológica y a fortalecer la industria colombiana.