Hay universidades que hablan de ciencia e innovación y hay universidades que la viven. La diferencia no solo está en los recursos ni en la infraestructura, también está en las decisiones que se toman todos los días sobre cómo se aprende, para qué se investiga y con quién se construye conocimiento.
Por Claudia Restrepo Montoya
Rectora Universidad EAFIT
Las universidades han medido su excelencia por la producción de conocimiento, la calidad de sus profesores y las capacidades de sus campus. Esos indicadores siguen siendo necesarios, pero ya no son suficientes para ser una universidad de ciencia e innovación que contribuya al desarrollo de la región y el país.
La pregunta que ha orientado mi trabajo como rectora en los últimos años ha sido: ¿qué necesita una universidad para ser innovadora, pero fiel a sus principios humanistas y científicos? La respuesta no es sencilla, pero sí tiene elementos definidos. Son cuatro condiciones que responden a preguntas esenciales: ¿cómo aprende la universidad?, ¿para qué orienta su modelo educativo?, ¿cuál es el marco
institucional que sostiene su CTeI? y ¿cómo se conecta con su entorno para generar impacto real?
Un modelo de aprendizaje que parte del reto
La primera condición es educativa, y la más estructural de todas. En una universidad de innovación se aprende de un modo diferente. No transmite conocimiento disciplinar de manera unilateral: lo construye en contacto con los problemas reales del entorno. Cuando los estudiantes trabajan sobre los retos que enfrentan las empresas, los sistemas públicos y las comunidades, el aprendizaje deja de ser abstracto y se convierte en experiencia. El campus se vuelve laboratorio vivo; el aula se abre hacia la realidad.
Este modelo requiere una colaboración cada vez más estrecha entre la universidad y la empresa para identificar problemas que valga la pena resolver; y deposita la confianza en el estudiante, sus preguntas y sus exploraciones. Cuando esa colaboración ocurre, el modelo cobra vida propia: cultiva el emprendimiento, el aprendizaje experiencial, la pregunta ética y la excelencia. Los estudiantes desarrollan competencias que las organizaciones y la sociedad buscan y necesitan. Las prácticas profesionales, los proyectos de investigación conjunta y la empleabilidad de los graduados evidencian que este modelo funciona.
Cultivar las cinco mentalidades del futuro
La segunda condición es, probablemente, la más duradera. En un mundo marcado por la inteligencia artificial, la automatización y la interdependencia, no basta con entrenar destrezas puntuales: se requiere un modelo educativo que cultive mentalidades que guíen competencias y abracen la experimentación como método. En el centro de todas ellas está la imaginación: la posibilidad de proyectar escenarios, de unir ciencia y cultura, de hacer de la educación un espacio de creación y no solo de transmisión.
Una universidad de innovación cultiva deliberadamente la mentalidad lógica y compleja, para comprender sistemas y resolver problemas de forma integral; la emprendedora, para transformar creatividad en acción, más allá de los negocios, también en lo cultural, lo científico y lo social; la digital, para navegar con criterio ético y humano la inteligencia artificial y las tecnologías emergentes; la global, para dialogar con el mundo impulsando redes, cooperación científica e interculturalidad sin perder la identidad local; y la conciencia humanista, para reflexionar con sensibilidad ética y estética sobre lo humano y comprometerse con el florecimiento de la vida.
Una política de CTeI con propósito
La tercera condición es la más sistémica. La ciencia, la tecnología y la innovación no prosperan sin un marco institucional que las oriente. Una política de CTeI es un horizonte de largo plazo que promueve el desarrollo del talento investigativo, conecta la ciencia con el emprendimiento, consolida la investigación aplicada y constituye un verdadero ecosistema que abarca desde la creación del conocimiento hasta su transferencia a la sociedad y las organizaciones. Pero esa política no puede existir de manera aislada.
Una universidad de innovación construye su marco de CTeI en conversación con las políticas, agendas y prioridades del ecosistema local y nacional. Cuando una ciudad es declarada Distrito de Ciencia, Tecnología e Innovación, la universidad no puede ser espectadora: debe ser coautora de ese proyecto, aportar su conocimiento, su talento y su capacidad de generar soluciones para los desafíos que ese marco le plantea al territorio.
Y esa política solo cobra vida cuando se traduce en estructuras concretas. Los centros de innovación son las palancas que hacen posible la transferencia de conocimiento: conectan la investigación con las organizaciones, el emprendimiento con la ciencia, la tecnología con el territorio. En esa misma lógica, una política de CTeI con propósito invierte en la formación de investigadores: las becas doctorales orientadas a proyectos de impacto son un compromiso de largo plazo con capacidad real de transformar instituciones, comunidades y territorios. Son el legado más silencioso y poderoso de una universidad comprometida con su tiempo.
Conectar con la dinámica local y regional
No es casualidad. Los grandes ecosistemas de innovación del mundo (Silicon Valley, el corredor tecnológico de Boston, el Research Triangle) tienen en su corazón una universidad que jala la innovación. En todos estos casos, la universidad no estaba al margen del ecosistema: era su núcleo generador.
Una universidad de innovación no espera que otros construyan ese ecosistema. Lo alimenta, lo convoca y exige resultados colectivos. Espacios como el Comité Universidad Empresa Estado (CUEE) en Medellín son ejemplo de lo que puede ocurrir cuando la academia, la empresa y el Estado alinean sus agendas en torno a la ciencia, la tecnología y la innovación.
Esa conexión se hace física cuando el campus se convierte en un hub, un espacio poroso, permanentemente permeado por colegios y organizaciones, donde empresas instalan sus centros de innovación y el conocimiento no circula en una sola dirección. Uncampus así no tiene muros reales, es un territorio de encuentro entre la academia, la industria y la sociedad, donde los centros enfocan esfuerzos en sectores de alto desarrollo futuro, como el de la energía en el Distrito de Medellín. Y ese ecosistema también irradia hacia la ciudadanía. Cultiva vocaciones científicas desde la infancia, hace que el conocimiento circule como bien público y lleva la ciencia y la tecnología a lugares que históricamente han estado lejos de ella. La apropiación social del conocimiento no es un programa adicional, es una condición de legitimidad.
El hilo que conecta todo
Ninguna de estas cuatro condiciones actúa sola. Una universidad de innovación es capaz de integrarlas en un sistema coherente, de sostenerlas con convicción y de medirlas por su impacto real. Lo más importante es que puede responder con honestidad: ¿cuánto delo que genera esta universidad cambia realmente la vida de la gente?
Esa pregunta orienta nuestra ruta. Y desde esa convicción puedo decir que el camino hacia la universidad de innovación no es un ideal abstracto: es una responsabilidad que no admite espera.
Estas condiciones no son teóricas. La Universidad EAFIT, por ejemplo, que las ha puesto en práctica, gestionó 378 proyectos de ciencia, tecnología e innovación durante 2025, con presencia en el 100 % del territorio nacional; el 86 % de sus grupos de investigación en las máximas categorías del sistema nacional de ciencia; más de 200 becas doctorales Talento en Investigación y Talento Público creadas como legado institucional; cinco centros de incidencia que conectan universidad, empresa y sociedad; y participación activa en el ecosistema que articula academia, empresa y Estado en la región. Por cada peso que la sociedad le confía, retorna 1,76 en valor social,económico y ambiental.
0,79%
representa la actividad de EAFIT en el PIB de Medellín, expresión concreta de su incidencia en la vida económica y social de la ciudad.
+200
becas doctorales Talento en Investigación y Talento Público creadas como legado para fortalecer el sistema de ciencia, tecnología e innovación del país.
Fuente: Informe de Sostenibilidad
Somos Impacto 2025
Universidad EAFIT.