
Los ingredientes, la calidad de estos, la cocción, el tiempo, la experticia de quien cocina y qué tanta agua se necesita en esa preparación. Al profesor Ricardo Mejía, director de Investigación de EAFIT, le gusta hablar de las capacidades invisibles de la investigación y la innovación como si se tratara de un plato excelso, en el que cada elemento es determinante para que su sabor sea el indicado. “Si los ingredientes son muy buenos, la comida sale muy buena, si es al contrario, no saldrá bien. Si no hay agua para mezclar, tampoco habrá un buen resultado, pues no se tendrá aquello que los amalgame, y ahí podemos hablar del agua como ese recurso de carácter económico. Por ejemplo, una plátano puede estar verde o maduro, y ahí podemos hablar del talento y de la cultura”.
El ejercicio le permite recordar al profe Mejía que si abordamos el tema de los factores invisibles que mueven la ciencia, la tecnología y la investigación, más allá de la inversión económica, encontramos en Colombia y en Antioquia a personas muy creativas y recursivas, un componente innovador que está en los genes de esta región. “Las redes son también muy importantes: los contactos nacionales e internacionales, pero, sobre todo, está la multidisciplinariedad, teniendo en cuenta que los retos en la actualidad son mucho más transdisciplinares. Es decir, ya no se resuelven con una sola disciplina y ahí entran a jugar las redes que se establezcan. Eso es clave, además de la complementariedad y el desarrollo del talento, ítem en el que entra la formación doctoral y en el que Colombia está muy por debajo de otros países, pues, a cifras de 2023, solo se cuenta con 19 doctores por cada millón de habitantes, frente, por ejemplo, a 107 de Brasil, 45 de Chile y 41 de Argentina, según datos del Laboratorio de Economía de la Educación (LEE) de la Universidad Javeriana”.
Una voz, pero esta vez desde la dirección de Innovación y Transferencia Tecnológica de EAFIT, le entrega aún más sentido a un tema que por décadas ha cuestionado a la dirigencia nacional frente a otros países, en los que las cifras son mejores que las de Colombia. De ahí la importancia de escuchar a Juliana Ortiz, directora de esta dependencia, y quien también entiende todo aquello que mueve a ese capital invisible. “Definitivamente contar con un sistema de innovación requiere inversiones, y no solo en la compra de materiales, insumos, licencias, servicios o fabricación de prototipos que es lo que en primera instancia se piensa cuando se habla de desarrollo tecnológico e innovación. La principal apuesta de inversión en un sistema de innovación es el tiempo y el talento humano”. Es decir, las personas y entender que en muchas ocasiones no son resultados que se logran chasqueando los dedos.
Por esto es fundamental, en palabras de Juliana, que se genere el ambiente, el tiempo y los incentivos que propicien que el talento proponga constantemente ideas y que estas se puedan iterar, validar, descartar unas y avanzar con otras, devolverse a recapturar ideas que habían sido descartadas, permitirse la equivocación y no llegar a resultados en todos los procesos de investigación y desarrollo. Se trata de acciones decididas en las organizaciones para que el sistema de innovación navegue de forma fluida. Y claro, todo esto movido por una conexión y una conversación permanente entre sectores, lo que, según la directora, se traduce en confianza y, de esa manera, se puedan trazar rutas de innovación y conectar las capacidades de conocimiento aplicado de la academia con los desafíos de las empresas.
La financiación en Colombia es muy baja, muy por debajo de los niveles no solo de nuestros pares, sino de la OCDE, y casi siempre dichas financiaciones van ligadas a las unidades de nuevos negocios
Hay vida más allá del paper
Ya Juliana nos recordó, a partir de entender lo que es la conversación y la confianza en estos procesos, el poder que existe en el verbo conectar. Entonces, como en un partido de fútbol, le devuelve el balón al profesor Ricardo Mejía, quien en el ‘reino’ de lo invisible pone su atención en cómo socializamos aquello que se logra desde la investigación y la innovación. Para decirlo en términos populares, cacarear el huevo, tal cual lo hacen las gallinas cada mañana. “En EAFIT decimos que hay vida más allá del paper. Antes era este o el artículo de investigación con el que uno cerraba el proyecto, con el que se decía: ya cumplí. Resulta que ahora ese es el inicio de una trayectoria de innovación: ‘Ahí tienes algo novedoso, lo publicaste y lo compartiste con el mundo’. ¡Comienza entonces el reto!: socializar los resultados que publicamos en artículos y conversarlos con actores relevantes”.
Y aterricemos en la NASA, la institución que promovió, este 2026, la iniciativa que después de casi 60 años nos hizo regresar como humanidad a la Luna. El profe Ricardo trae a colación la escala del TRL (technology, readiness, level), creada precisamente por la NASA y que se promueve en EAFIT para definir el estado de madurez de una innovación y una tecnología. Son, pues, nueve niveles: del 1 al 3 son etapas muy investigativas en las que se culmina con un prototipo, un demostrador, el paper o la patente. Luego se tiene del 4 al 6, lo que se llama el “valle de la muerte”, que es poder llevar esos resultados con potencial a probarlos con público pertinente que use el producto, servicio o software. Y del 7 al 9 es cuando se encuentra en escala de comercialización, de escalamiento o de fabricación en masa.
En esa escala, en Colombia, sostiene el director, nos hemos quedado mucho en el TRL 1, 2 y 3. En la escala 4, 5 y 6 ya se debería empezar a trabajar con las empresas y los interesados para iniciar pruebas. Y las escalas superiores, 7, 8 y 9, definitivamente, tienen que llevarse a una empresa. “Les hablo mucho del TRL 1, 2 y 3; de pasar al 4, 5 y 6; y también les digo, como la canción de Shakira, que la ciencia ya no llora, que la ciencia factura, es decir, que pasemos al 7, 8 y 9, y que sí pueden tenerse resultados de investigación relevantes, pertinentes y que resuelvan problemas del mercado y que, efectivamente, la gente esté dispuesta a pagar por ello”.
Y en todo eso proceso de aglutinamiento de ingredientes y de articular ciencia, mercado y sociedad, además de fortalecer ese capital invisible, como lo anota Juliana Ortiz, es fundamental el rol que juegan las oficinas y los procesos de transferencia de tecnología y conocimiento, pues conocen muy bien las capacidades de la academia, pero además entienden y traducen con claridad las necesidades y los desafíos del mercado y la sociedad en clave de esas capacidades y de posibles alternativas de solución.
A su vez, como también lo señala Ricardo Mejía, se necesita más apoyo del Estado en la financiación, pues de las inversiones o la distribución de inversión que se hacen en estos temas, el 57.87 %, según el Observatorio de Ciencia y Tecnología, la ejecutan las empresas. “Muchas veces son desarrollos internos. La financiación en Colombia es muy baja, muy por debajo de los niveles no solo de nuestros pares, sino de la OCDE, y casi siempre dichas financiaciones van ligadas a las unidades de nuevos negocios. Pocas tienen unidades de I+D, porque son inversiones más a riesgo, con más incertidumbre y la respuesta no está garantizada”. Y sí, en respuestas como las de Juliana y Ricardo, entonces, está la razón de por qué, en Colombia, la inversión en I+D, en porcentaje del PIB, estuvo en el 0.23 % en 2022 y 0.31 % en 2023, cuando el promedio de la OCDE puede estar cercano al 2.7 %.
En concreto, falta visión para que la ciencia facture más, llore menos y el país sea un gran laboratorio en el que se cueza ese plato excelso que es un desarrollo y un futuro innovador.